InicioMásEL CHARRO NEGRO: EL COBRADOR DE ALMAS

EL CHARRO NEGRO: EL COBRADOR DE ALMAS

No era un jinete, era una sentencia de muerte vestida de gala.

Apareció donde el camino se muerde con la sombra, montado en un azabache cuyos ojos no reflejaban la luna, sino el fuego que arde bajo tierra. El Charro Negro no camina, se desliza; su traje de gala brilla con botonaduras de plata que parecen dientes fríos esperando su turno. Bajo el ala de su sombrero, no hay rostro, solo un vacío que te devuelve la mirada y te lee los pecados.

Rodrigo, con los bolsillos secos y el orgullo roto, cometió el error de no bajar la cabeza.

¿Cuánto vale tu miseria, muchacho? —La voz del espectro no se escucha, se siente como un escalofrío que te aprieta la columna.

El Charro extendió una mano enguantada, ofreciendo una bolsa que tintineaba con el sonido más dulce y peligroso del mundo: oro puro. Rodrigo la tomó, ignorando que el cuero de esa bolsa se sentía extrañamente parecido a la piel humana.

Gástalo todo —sentenció el jinete mientras su caballo relinchaba un grito que hizo callar a los perros de tres pueblos a la redonda—. Pero recuerda que en mi libro de cuentas, el oro se presta y el alma se entrega.

Rodrigo tuvo su fortuna, pero perdió el sueño. Cada noche, el sonido de una espuela de plata arrastrándose por su pasillo le recordaba que el plazo vencía. Cuando la luna se puso roja, el Charro volvió a cobrar. No hubo rezos ni guardias que lo detuvieran; al amanecer, la mansión estaba intacta, pero el patrón había desaparecido, dejando solo un rastro de ceniza y una moneda de oro fundida sobre su cama.

La deuda estaba saldada.

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