El recibimiento de la canchita de futbol en el Sector 5 de Samaria es el vapor de calor. Hacia media maniana, entre baches de huecos remendados y tierra expuesta, los niños aprenden a correr entre parches de sombra. Lo segundo que se nota, es un talento y unas ganas de jugar permanentes.
Esa fue la escena, talento con falta de recursos ante un sol implaclable, que detuvo a Noah Syrkin hace varios años a fundar GOAL Panama, una organización que se ha convertido en una de las respuestas juveniles más refrescantes.
Syrkin, de 16 años, se ha mudado ya varias veces de casa, y cambiado de escuela y ciudades en el camino. El futbol, dice, fue su única constante. ¨Llegas a una birrea, y te dan espacio.
A nadie le importa tu nombre ni de donde vienes. Dijo en una entrevista reciente.
Compañeros, no donantes GOAL, que opera en al menos seis comunidades en Ciudad de Panamá y sus alrededores, se construyó sobre un principio engañosamente simple: no llegas a donar, llegas a jugar.
Los voluntarios llegan con sus taquillos puestos, entrenan junto a los niños, intercambian números de Whatsapp y se escriben sobre próximos partidos. En el vocabulario de GOAL, la palabra «mentor» se reemplaza por «compañero».
Uno de sus primeros programas, Balones para Todos, recolecta y balones y equipamiento usados. También funciona como un proyecto de economía circular: los tacos sintéticos tardan décadas en descomponerse, y al extender su vida útil, el programa mantiene cientos de pares fuera de los vertederos. Pero el equipo no es el punto. «Los balones son el saludo», dijo Syrkin. «La relación es lo importante».
Un juego más caliente
En Panamá, país tropical justo al norte del ecuador, la ventana para jugar al aire libre se ha reducido. Entre las 11 a.m. y las 2 p.m., los partidos que antes llenaban el mediodía se han vuelto físicamente peligrosos. Los años 2023, 2024 y 2025 fueron los tres más calurosos jamás registrados, y Panamá ha sentido el impacto de lleno.
Las investigaciones sugieren que la sombra de los árboles puede reducir la temperatura a nivel del suelo hasta 12 grados Celsius. Sin embargo, las canchas comunitarias están completamente expuestas. En Panamá, la infraestructura deportiva sigue lo que Syrkin describe como un ciclo de «construir y abandonar»: un político construye una cancha e inaugura; la siguiente administración construye otra en otro lugar para poner su propio nombre. La cancha vieja se deteriora. Nadie planta árboles. Nadie mantiene el césped.
Eco-Cancha: revivir lo que ya existe
La respuesta de GOAL es Eco-Cancha, un programa que adopta canchas abandonadas y las transforma en «espacios deportivos verdes». En lugar de despejar terreno nuevo, los voluntarios plantan árboles nativos —incluyendo Roble— alrededor del perímetro. Los árboles dan sombra y canalizan brisas naturales sobre la superficie de juego. Se organizan limpiezas comunitarias antes de cada partido, y el programa exige un compromiso de mantenimiento a largo plazo por parte de la propia comunidad.
La lógica, explica Syrkin, es dejar de construir cosas que serán abandonadas y empezar a revivir lo que ya existe. Los árboles enfriarán la cancha, recuperando horas de juego que el calor había robado.
Hasta la fecha, GOAL ha llegado a más de 400 niños en comunidades como El Tecal, Ancón, Loma Cobá, Samaria y Paraíso, con el apoyo de más de 65 jóvenes voluntarios. Syrkin ahora lidera una expansión regional con alianzas en Panamá y el exterior, incluyendo una colaboración con 2nd Touch Soccer en Estados Unidos. GOAL planea adoptar cinco canchas adicionales el próximo año.
«Ellos nunca se conectan»
Quizás la ilustración más clara de la filosofía de GOAL ocurrió durante una visita a Abia Yala, una comunidad indígena guna lejos de la capital. A los pocos minutos de llegar los voluntarios, niños de todas las edades aparecieron en una cancha semireparada para un partido improvisado.
Después, Anselmo, líder de la comunidad, ofreció una reflexión que Syrkin ahora trata como declaración de misión: «Cuando una fundación viene aquí —lo cual casi nunca pasa— dejan cosas y se van. Nunca se conectan».
Los voluntarios se fueron ese día con nuevos amigos, una comprensión más profunda de la cultura guna y un chat de WhatsApp que no se ha callado desde entonces. Esa, dice Syrkin, es la diferencia.
«No miras hacia abajo», dijo. «Miras de frente, a un igual que solo necesita la oportunidad. Y una cancha donde el calor no le robe el juego».