El relato de esta semana inició en el supermercado. Tenía que comprar café, pan, queso y otras cositas. Como es costumbre, cuando ya tienes todo lo que necesitas, terminas comprando cosas que no tenías planeadas. Me acerqué al área de carnes, tomé un paquete para un asado pequeño, después fui por unas cervezas y luego por un vino tinto.
Cuando hacía la fila para pagar, vi a Renata, un antiguo interés romántico de hace algunos años. Ella me miró feo y le susurró algo a una mujer que la acompañaba; yo me hice el desentendido. Unos días más tarde, recibí un mensaje de ella: «Qué bajo has caído, saliendo con niñas». Al parecer, se enteró de que salgo con una mujer de 22 años. No respondí a su mensaje lleno de veneno.
Renata siguió molestando con el tema hasta que me cansé y le contesté: «¿Si salgo con una mujer joven, en qué te afecta?». Ella acotó: «Es una niña, no sabe moverse como yo. Te hace falta una mujer de tu edad». Eso activó algo en mí: «A ver, Renata, si no vas a comerte la comida, no la calientes».
Su respuesta fue una foto sin sostén: «Te estoy esperando, a ver si te atreves».
Acepté el reto y me aparecí en su departamento a eso de las 10:30 de la noche. Me recibió en un babydoll de encaje; se notaban sus pezones duros a través de la tela. Me guio a un sillón doble y se arrodilló sobre un cojín. Sus labios arroparon mi miembro erecto; me hizo un oral increíble.
Cuando me disponía a penetrarla, ella se montó sobre mí; estaba muy húmeda. Empezó a moverse suavemente y pude sentir sus orgasmos. De pronto, cambió de velocidad hasta que me hizo llegar. Se sonrió y me dijo al oído: «Dime ahora… ¿quién lo hace mejor, ella o yo?».