InicioCuriosidadesCreepypasta: El taxista enamorador y la carrera con la muerta

Creepypasta: El taxista enamorador y la carrera con la muerta

La aterradora carrera que terminó en las afueras de Chepo

El motor del Toyota Tercel ’97 de Don Chencho roncaba cansado por la Avenida Transístmica. Eran casi las dos de la mañana y la lluvia apenas empezaba a amainar. Chencho, un taxista con más mañas que años y famoso en la piquera por no dejar enamorar a toda mujer que se le cruzará por delante, si una dama se subía a su taxi el miraba de reojo por el retrovisor ajustándose la camisa desgastada.

A la altura del Cementerio de Pueblo Nuevo, bajo la sombra pesada de los árboles y el resplandor amarillo de una luminaria parpadeante, vio la silueta. Una mujer joven, de pie en la acera, vistiendo un vestido blanco impecable que parecía inmune al lodo y a la garúa.

Chencho frenó en seco, haciendo chillar las llantas. Bajó la ventana del copiloto, dibujó su mejor sonrisa de conquistador y apoyó el brazo en la puerta.

—Buenas noches, bella dama. ¿Qué hace una flor tan linda a estas horas por estos lados tan oscuros? Suba, que la noche está fría y yo la llevo a donde quiera.

La mujer no dijo nada. Solo ladeó la cabeza y abrió la puerta trasera. Un olor extraño, denso y frío —como a flores marchitas mezcladas con tierra húmeda— inundó el interior del auto.

—A Chepo… por favor —susurró una voz suave, tan lejana que parecía salir de un radio mal sintonizado.

Chencho sonrió de lado. “¿Chepo? Ta lejos, pero para una belleza así, el viaje vale la pena”, pensó. Metió la primera y arrancó.

Durante los primeros kilómetros por la transístmica y luego tomando carretera hacia Chepo, Chencho no paró de hablar. Usó todo su repertorio de piropos, presumiendo de su auto, de sus años de experiencia y tirando indirectas cada vez más audaces por el espejo retrovisor.

—Oye, mamita, pero estás muy callada. ¿No te da miedo andar sola tan tarde? Conmigo estás segura… aunque si quieres, nos desviamos un poquito y nos tomamos algo para entrar en calor.

La figura en el asiento trasero no respondía, manteniendo la mirada fija hacia la ventana. Chencho, frustrado por la falta de reacción a su “encanto”, decidió insistir. Estiró la mano hacia atrás mientras mantenía la vista en la carretera ya oscura y solitaria rumbo a Pacora.

—A ver, tócame la mano para que veas que no muerdo…

Al tocar la piel de la pasajera, un corrientazo helado le subió por el brazo. Era una frialdad rígida, no humana. Asustado, Chencho miró fijamente por el espejo retrovisor.

La luz de un camión que venía en sentido contrario iluminó por un segundo el asiento trasero.

Lo que vio le congeló la sangre: el vestido blanco estaba cubierto de fango y carcomido; el rostro de la mujer ya no era joven ni hermoso, sino una calavera grisácea con girones de piel pegados a la mandíbula y dos cuencas vacías llenas de gusanos que lo miraban fijamente. Una sonrisa macabra se dibujó en sus labios secos.

—¿No te gustaban mucho las mujeres, Chencho? —susurró la cosa, con una voz que resonó dentro de su propia cabeza.

El grito de Chencho se ahogó en su garganta. El aire dentro del taxi se volvió irrespirable. Los pedales no respondían, el timón se bloqueó y el velocímetro empezó a subir de forma descontrolada mientras las luces del tablero parpadeaban frenéticamente. El olor a podrido lo mareó por completo. Lo último que escuchó antes de perder el conocimiento fue una carcajada de mujer que retumbó como un trueno dentro del vehículo.

A la mañana siguiente, unos ganaderos que arreaban ganado cerca de la entrada de Chepo, al borde de la Panamericana, encontraron el taxi volcado entre los matorrales, con las puertas abiertas y el motor completamente frío.

A unos metros, tirado en la cuneta, boca abajo y cubierto de lodo, estaba Chencho. Temblaba convulsivamente, inconsciente pero con el rostro desencajado en un gesto de puro terror. Tenía el cabello completamente canoso —algunos dicen que del susto encaneció en una sola noche— y un olor a flores muertas pegado a la piel que ni el agua ni el jabón pudieron quitarle en semanas.

Desde ese día, Chencho entregó el taxi. No volvió a salir de noche, jamás volvió a piropear a una mujer en la calle y, cada vez que pasa cerca del Cementerio de Pueblo Nuevo, acelera el paso sin mirar hacia las aceras, recordando que hay pasajeros a los que es mejor no pararles la mano.

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