El panorama energético global, marcado por la inestabilidad en Medio Oriente, ha comenzado a pasar factura en las calles de Panamá. A pesar de la reciente aprobación de un traslado de partida de $30 millones para subsidiar el combustible, el ciudadano común ha activado un “plan de contingencia” propio: el refugio en el sistema de transporte masivo.
Esta semana, el Gobierno Nacional, bajo la administración del presidente Mulino, puso en marcha el esquema de estabilización que fija el precio de la gasolina de 91 octanos en $3.33 y el diésel en $3.41 para el sector transporte. Sin embargo, para el usuario particular que no goza del beneficio, el precio en bomba ha rozado niveles históricos, superando los $1.20 por litro en la gasolina de 95 octanos.
El Metro como tabla de salvación El fenómeno, bautizado por economistas locales como el “Efecto Bolsillo”, se refleja en las estaciones del Metro de Panamá. Datos preliminares sugieren un incremento en la afluencia de pasajeros, especialmente en las horas pico, por parte de conductores que han decidido dejar sus vehículos en casa. “Es insostenible gastar $80 a la semana en combustible cuando el Metro me lleva por centavos”, comentan usuarios en redes sociales.
Se estima que el Estado desembolsará hasta $100 millones en los próximos 10 meses para sostener este alivio, un costo que genera debate sobre la sostenibilidad de la deuda pública y la urgencia de una reforma estructural al sistema de transporte.
Por ahora, la incertidumbre internacional dicta el ritmo del tráfico en la Ciudad de Panamá. Mientras el petróleo coquetee con los $100 el barril, el “Efecto Bolsillo” seguirá dictando quién maneja y quién se suma a la marea de pasajeros del transporte público.