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Creepypasta. El último trago en la cantina: La noche en que La Tulivieja cobró la cuenta

En los pueblos del interior de Panamá, el viento de la noche no solo sopla entre los cañaverales; a veces arrastra consigo lamentos que la razón prefiere ignorar.

Esteban no creía en esas cosas. A sus veintitantos años, su única devoción era el ambiente de la cantina El Maguey, el retumbo de la música típica y el tintineo de las botellas de seco. Ese viernes, como de costumbre, acababa de cobrar su semana en la finca.

—Hijo, no te vayas para ese lugar hoy —le dijo su madre desde la mecedora de la entrada, mientras se persignaba—. Ya es tarde, el camino de vuelta está muy oscuro y por el río están oyendo cosas rimas. Acuérdate de lo que les pasa a los que trasnochan sin juicio.

—Ah, mamá, ya usted viene con sus cuentos de viejas —respondió Esteban con una sonrisa burlona, acomodándose el sombrero—. Yo voy a tomarme un par de tragos y regreso rápido.

No hizo caso. Ignoró la mirada llena de angustia de la anciana y echó a andar a paso firme.

El despilfarro

En El Maguey, las horas pasaron como agua. Entre baladas de acordeón, risas estruendosas y rondas pagadas a desconocidos, el dinero de la semana se fue evaporando de su bolsillo. Para cuando el cantinero empezó a recoger las sillas y apagar las luces, Esteban apenas podía mantenerse en pie.

Tenía los bolsillos completamente vacíos. Ni un solo centavo para el sustento de la casa, solo un denso sopor de alcohol y la cabeza dándole vueltas.

Salió a la penumbra del camino de tierra alrededor de las dos de la mañana. La luna estaba oculta tras nubarrones oscuros y el silencio del monte solo era interrumpido por el cantar lejano de las chicharras.

Para acortar camino hacia su casa, decidió tomar el atajo que bordeaba la quebrada, un tramo tupido de vegetación donde la sombra de los árboles tapaba por completo el cielo.

El llanto en la quebrada

A mitad del sendero, el mareo del alcohol comenzó a pasarle factura. Tropezó con una raíz y se recostó contra el tronco de un guayacán para tomar aire. Fue en ese instante de quietud cuando lo escuchó.

Un llanto. Un gimoteo agudo, débil, casi infantil, que provenía directamente de las piedras de la quebrada.

—¡Ay, mi hijo… mi hijito…!

A Esteban se le congeló la sangre. El efecto del licor desapareció en un segundo, reemplazado por una ola de frío helado que le recorrió la espalda. Pensó en las palabras de su madre, en la advertencia que había despreciado horas antes.

Quiso correr, pero las piernas no le respondían; estaban como clavadas en el barro.

De entre la niebla baja que flotaba sobre el agua, emergió una figura. Al principio pareció la silueta de una mujer encorvada, vistiendo trapos viejos y deshilachados. Pero a medida que se acercaba, la realidad se volvió una pesadilla grotesca.

Su rostro no era humano: estaba cubierto de hoyos profundos y quemaduras, arrugado como la corteza de un árbol viejo. De su cabeza colgaba un cabello largo, grasiento y enredado que le llegaba casi a los tobillos, lleno de espinas y hojas secas. Y abajo, donde debían estar sus pies, asomaban unas garras enormes de ave de rapiña que dejaban surcos profundos en la tierra con cada paso.

Era La Tulivieja.

El castigo de la imprudencia

El alma de la criatura emitía un olor insoportable a humedad, pudrición y azufre. Avanzaba balanceándose, lanzando al aire un chillido ensordecedor que hacía retumbar los oídos de Esteban.

—¡Gastaste lo de tu hogar! ¡Despreciaste la voz de quien te dio la vida! —chilló el monstruo con una voz que no parecía humana, sino el crujido de mil ramas secas rompiéndose a la vez.

Esteban cayó de rodillas, temblando descontroladamente, intentando pedir perdón, pero de su garganta solo salían ahogos. Trató de sacarse el rosario del cuello, pero con el afán de la cantina lo había dejado sobre la mesa de su cuarto.

La criatura se abalanzó sobre él. Sus manos, terminadas en uñas largas y negras, le sujetaron el rostro. Esteban pudo sentir el aliento helado y ver los ojos vacíos, llenos de un dolor y una furia ancestrales, a solo centímetros de su cara. La Tulivieja no buscaba matarlo al instante; buscaba arrebatarle la cordura.

El chillido de la espectro resonó por todo el valle, un alarido tan desgarrador que en los caseríos lejanos los perros comenzaron a aullar descontrolados y los campesinos se persignaron en sus camas.

El amanecer

A la mañana siguiente, un peón que pasaba hacia la molienda encontró a Esteban tirado a orillas de la quebrada, empapado en sudor frío y con la ropa hecha jirones.

No tenía marcas físicas graves, salvo unos profundos rasguños en los brazos que parecían garras. Sin embargo, Esteban ya no era el mismo. Tenía la mirada perdida, fija en el vacío, y el cabello completamente encanecido.

Desde esa noche, Esteban nunca volvió a pronunciar una palabra coherente. Tampoco volvió a pisar una cantina. Hoy en día, quienes pasan tarde por los caminos de ese pueblo dicen que a veces se le ve sentado en el quicio de su puerta, temblando cada vez que cae la noche y mirando fijamente hacia el monte, temiendo que la sombra con patas de ave regrese a cobrarle el resto de la cuenta.

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