InicioEntretenimientoLa mano del muerto: una creepypasta del interior de Panamá

La mano del muerto: una creepypasta del interior de Panamá

El siguiente relato está inspirado en la leyenda de James Butler Hickok, mejor conocido como Wild Bill, un pistolero del Viejo Oeste que encontró la muerte mientras jugaba a las cartas.

Según cuenta la historia, Bill estaba sentado de frente a la puerta principal cuando un delincuente llamado Jack McCall entró por detrás y le disparó en la nuca. Wild Bill cayó al suelo sin soltar las cartas que sostenía entre los dedos: dos ases y dos ochos. Desde entonces, esa combinación sería conocida como «la mano del muerto».

Pero esta historia no ocurrió en el Viejo Oeste, sino en un pueblo del interior de Panamá, donde la chicha fuerte, las partidas de baraja y las leyendas de aparecidos forman parte de las conversaciones nocturnas.

Allí, un hombre demasiado fanfarrón descubriría que hay apuestas que ni siquiera la muerte puede perdonar.

La partida de medianoche

En un pueblo de Los Santos, una vieja cantina de madera era el punto de encuentro de los hombres que, después de trabajar en el campo, se reunían los viernes para beber chicha fuerte, comer chicharrón y jugar baraja hasta la madrugada.

Entre los clientes habituales estaba Anselmo, conocido por su afición al juego y por una fanfarronería que no conocía límites.

—¡Aquí no ha nacido el hombre que me gane jugando baraja! ¡Yo le gano hasta al mismo diablo! —proclamaba mientras recogía el dinero de sus contrincantes.

El cantinero, un hombre mayor llamado Eusebio, ya estaba cansado de escucharlo.

—No diga esas cosas, compadre. Uno nunca sabe quién lo está escuchando.

Anselmo soltaba una carcajada y se servía otro trago.

Una noche de viernes, cuando el reloj se acercaba a la medianoche, quedaban pocos clientes en la cantina. Afuera, los perros comenzaron a ladrar hacia el camino que conducía a una quebrada cercana.

De pronto, callaron todos al mismo tiempo.

La puerta se abrió lentamente y apareció un desconocido vestido de negro. Llevaba un sombrero que le ocultaba el rostro y unas botas cubiertas de barro seco.

—Buenas noches. ¿Hay campo para una partida? —preguntó.

—¡Siéntese, compadre! Pero traiga plata, porque aquí no jugamos por cariño —respondió Anselmo.

El desconocido tomó asiento frente a él y sacó una baraja amarillenta, cuyos bordes estaban manchados de tierra.

—No quiero tu dinero —dijo—. Si ganas, me marcharé. Pero si pierdes, tendrás que acompañarme.

Anselmo se echó a reír.

—¿Acompañarlo para dónde? ¿O es que está muerto?

El forastero levantó lentamente la cabeza.

En la parte posterior de su cráneo tenía una herida oscura, como si una bala le hubiera atravesado la cabeza.

—Precisamente —respondió.

Eusebio dejó caer el vaso que estaba limpiando.

—¡Ave María! ¡Es el muerto de la quebrada!

El secreto del forastero

Al escuchar aquellas palabras, los otros clientes se apartaron de la mesa.

Eusebio explicó que, cuarenta años atrás, un desconocido había llegado al pueblo y se había ganado la fama de ser un excelente jugador de baraja. Una noche, después de vencer a varios contrincantes, uno de ellos, enfurecido por las pérdidas, le disparó por la espalda.

El hombre murió en el acto.

Su asesino escondió el cuerpo cerca de la quebrada y huyó. Nunca encontraron al culpable ni recuperaron las pertenencias del muerto.

Durante décadas, algunos campesinos aseguraron haber visto a un hombre vestido de negro caminando por aquellos terrenos. Otros contaban que, en ciertas noches, se aparecía en las cantinas buscando a alguien dispuesto a jugar con él.

—Mi padre decía que ese hombre regresaría cuando alguien lo retara —concluyó Eusebio—. Y usted, Anselmo, lleva toda la noche diciendo que puede ganarle hasta a los muertos.

Por primera vez, el fanfarrón dejó de sonreír.

Miró al desconocido, que permanecía inmóvil frente a él.

—¡Eso son cuentos! —respondió, aunque su voz ya no sonaba tan segura—. ¡Vamos a jugar!

El forastero barajó las cartas.

La partida continuó.

Anselmo ganó las primeras manos y poco a poco recuperó su confianza.

—¿Ve, compadre? ¡Ni muerto puede ganarme!

El desconocido no respondió. Se limitó a repartir las cartas para una última mano.

La mano del muerto

El reloj marcó las doce y media.

Las lámparas comenzaron a parpadear y un olor a tierra húmeda invadió la cantina. Afuera, los perros volvieron a ladrar, esta vez con tanta desesperación que parecía que algo los perseguía.

Anselmo recogió sus cartas y sonrió.

—¡Ahora sí, compadre! ¡Esta no me la gana ni el diablo!

El forastero colocó sus cartas sobre la mesa.

Dos ases y dos ochos.

La mano del muerto.

Anselmo bajó la mirada hacia sus propias cartas. Las figuras habían desaparecido. En su lugar, había nombres escritos con letras negras.

El último era el suyo.

Intentó levantarse, pero no pudo mover las piernas. Unas manos cubiertas de barro comenzaron a surgir del suelo y le sujetaron los tobillos.

—¡Suéltenme! ¡Yo no quiero irme con ustedes! —gritó, mientras intentaba aferrarse al borde de la mesa.

El desconocido se inclinó hacia él.

—Tú mismo me invitaste a jugar.

Se escuchó un disparo.

Las lámparas se apagaron.

Durante unos segundos, solo se oyeron los gritos de Anselmo y el ruido de las sillas al caer.

Cuando las luces volvieron a encenderse, el hombre había desaparecido.

Su silla estaba vacía y sobre la mesa descansaban cuatro cartas ennegrecidas.

Dos ases y dos ochos.

Eusebio y los pocos clientes que habían presenciado la escena salieron corriendo de la cantina. Ninguno se atrevió a regresar aquella noche.

La revancha

A la mañana siguiente, los vecinos encontraron la cantina cerrada. Eusebio, todavía aterrorizado, se negó a explicar lo sucedido. Días después, abandonó el establecimiento y nunca volvió a abrirlo.

Pasaron varios meses sin que ocurriera nada extraño.

Hasta que, una madrugada, Eusebio escuchó tres golpes en la puerta de su casa.

Toc. Toc. Toc.

—¡Don Eusebio! ¡Abra, hombre! ¡Soy Anselmo!

El viejo reconoció inmediatamente la voz.

Sin acercarse a la puerta, comenzó a rezar.

—¡Váyase de aquí, por el amor de Dios!

Desde el otro lado, Anselmo soltó una carcajada.

Entonces se escuchó una segunda voz, profunda y ronca:

—Todavía no, muchacho. Nos faltan muchas manos.

Los golpes cesaron.

Cuando amaneció, Eusebio abrió la puerta con cautela. No encontró a nadie, pero sobre el suelo había una baraja húmeda y una botella de chicha fuerte.

Encima de las cartas descansaban dos ases y dos ochos.

Desde entonces, los viejos de aquel pueblo de Los Santos advierten que no se debe jugar baraja después de la medianoche cuando los perros comienzan a ladrar sin motivo.

Porque el muerto de la quebrada sigue buscando contrincantes.

Y si alguna vez un desconocido vestido de negro te invita a jugar, recuerda:

Hay partidas que se pierden en vida, pero se pagan después de muerto.

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