Lo que parecía un mal día apenas era el comienzo de una historia inesperada
Nunca imaginé que un viaje rutinario en el Metro terminaría convirtiéndose en una historia que todavía hoy me cuesta creer.
Últimamente, el Metro se ha vuelto el refugio de miles de personas que buscan ahorrar ante el constante aumento del combustible. Eso significa vagones repletos, largas esperas y pasajeros resignados a viajar prácticamente unos sobre otros.
Aquella tarde debía dirigirme al área bancaria. Llegué justo en plena hora pico y apenas logré entrar al tren antes de que se cerraran las puertas. El vagón estaba tan lleno que respirar parecía un privilegio. Cada quien intentaba sujetarse de donde podía mientras el tren avanzaba lentamente.
En una de las estaciones ocurrió lo inevitable: el tren permaneció detenido más tiempo de lo habitual y, cuando las puertas volvieron a abrirse, una nueva ola de pasajeros entró empujando con fuerza.
Entre ellos llamó mi atención una joven delgada, de aproximadamente 1.65 metros de estatura. A simple vista parecía tener unos 18 años, aunque más tarde descubriría que tenía 22. Mientras todos luchaban por conservar el equilibrio, ella permanecía concentrada en la pantalla de su celular.
No había espacio para un solo pasajero más. Yo apenas podía mover los brazos cuando, de repente, la joven perdió el equilibrio y, para evitar caer, terminó apoyando su entrepierna sobre mi muslo derecho.
La situación era tan incómoda como inevitable. Ninguno de los dos podía moverse.
Cuando por fin llegamos a mi estación, respiré aliviado. Pensé que aquel episodio había terminado y me apresuré hacia la salida.
Pero el destino parecía tener otros planes.
Frente al torniquete estaba la misma muchacha, visiblemente nerviosa. Su tarjeta del Metro no tenía saldo y la fila comenzaba a crecer detrás de ella.
Al verme, sonrió con cierta vergüenza.
—Señor, ¿me puede pasar, por favor?
Accedí sin pensarlo demasiado. Quería salir cuanto antes.
Ya en la calle levanté un taxi. Abrí la puerta, me acomodé en el asiento trasero y, justo cuando iba a indicarle al conductor mi destino, alguien volvió a abrir la puerta.
Era ella.
—¿Otra vez tú? —pregunté, incapaz de ocultar mi molestia.
—Es que voy tarde… —respondió con total naturalidad mientras se acomodaba a mi lado.
Comencé a reclamarle sin darme cuenta de que el taxi ya había arrancado.
—Disculpe, Miss Universo, pero yo llegué primero…
El taxi se detuvo en un semáforo y la discusión subió de tono. La que ya comenzaba a parecer una reina de belleza en miniatura me llamó grosero y me lanzó uno que otro calificativo más. Yo tampoco me quedé callado.
Al final, el conductor decidió dejarla primero a ella. Para rematar la historia, cuando llegó el momento de pagar, el taxista comentó que no aceptaba Yappy.
La joven, un poco avergonzada, me miró y dijo:
—¿Se lo puedo transferir a usted y usted le paga en efectivo?
Una vez más terminé ayudándola.
Pensé que con eso todo había terminado.
Me equivoqué.
Esa misma noche, un viernes, recibí un mensaje suyo. Creí que era para agradecerme por la ayuda, pero no. Me escribió para continuar la discusión.
—Estás falto de mujer; por eso eres tan amargado.
Le respondí un par de mensajes y cada uno defendió su punto de vista.
A la mañana siguiente, para mi sorpresa, me llamó.
Quería disculparse por la forma en que me había hablado.
Yo también aproveché la oportunidad para ofrecerle mis disculpas por mi actitud. Después de todo, ambos habíamos exagerado.
Como muestra de paz, le envié una fotografía de la taza de café que estaba tomando mientras trabajaba. En la imagen también se apreciaba mi laptop sobre el escritorio.
Ella respondió enviándome otra fotografía.
En la imagen aparecía una taza de café sobre una mesa. Sin embargo, lo que llamó mi atención fueron unas piernas bien torneadas que se alcanzaban a ver y una pijama demasiado corta para pasar desapercibida.
No supe si aquella foto había sido cuidadosamente tomada o si simplemente yo estaba viendo más de lo que debía.
Guardé el teléfono y seguí trabajando.
Lo que aún no sabía era que aquella fotografía sería el comienzo de una cadena de coincidencias que terminarían cambiando por completo mi rutina.
