InicioEntretenimientoChocoalmendras y leggings: el reencuentro inesperado

Chocoalmendras y leggings: el reencuentro inesperado

Todos tenemos un café y algo delicioso pendiente con alguien de nuestro entorno o del pasado. Esta anécdota que contaré en esta entrega inició hace unos 20 años o más.

El día de mi baile de graduación, mis compañeros decidieron ir a la playa. Las chicas con sus vestidos de gala y nosotros con traje, en medio de la madrugada, en la playa.

Para esa época yo era muy introvertido, idealista, rebelde, etc. Me gustaba una muchacha a la que llamaremos Amanda.

No tengo idea de dónde saqué el valor para hablarle, tal vez el vino combinado con el escenario. En medio de la conversación, una cosa llevó a la otra. Hicimos el amor, si es que se puede decir… Yo terminé antes de tiempo, lo que evidentemente la decepcionó.

La vi un par de veces después y ella literalmente actuó como si no me conociera.

Hace unos años le envié una invitación en redes sociales. Desde entonces chateamos de cuando en cuando. Me dejó claro que estaba casada y muy feliz.

El otro día caminaba por un supermercado de la ciudad, buscando algo para matar el calor de la tarde, cuando me topé con esos ojos que no veía desde hacía mucho tiempo. La saludé y conversamos un poco en el pasillo de los helados. Ella estaba en busca de helado de chocolate con almendras, pero estaba agotado.

—Pasa por mi departamento más tarde, quiero hablar sin el ruido de la calle —me dijo.

Para no llegar con las manos vacías, y sabiendo que le gustaba el helado de chocoalmendras, pasé por una heladería artesanal. Compré un pote de helado, pensando que sería el postre perfecto para una noche de recuerdos.

Toqué la puerta con algo de incertidumbre y excitación. Ella me recibió con unos leggings negros de esos que usan para hacer ejercicio, tan ajustados que no dejaban nada a la imaginación, marcando su entrepierna.

Disfrutamos del postre; la cercanía se volvió insoportable. Ella me hablaba de su ex como si me hablara como a un amigo. No pude aguantar más; deslicé mi mano con determinación por la cintura de su licra, bajando hasta encontrar el epicentro de su calor. Al meter mi mano dentro de sus leggings, mis dedos confirmaron lo que sus ojos gritaban: estaba más que húmeda, empapada en deseo.

Ese contacto fue el detonante. Sin decir una palabra, ella se arrodilló frente a mí con una voracidad que me tomó por sorpresa. Con dedos ágiles, me bajó el cierre y me liberó de la prisión de mi pantalón. Me hizo sexo oral con una maestría que solo los años y la madurez otorgan, alternando presión y succión de una manera que me hizo apretar los puños contra el sofá, conteniendo un grito de placer.

Fuimos a la habitación; verla desnudarse por completo bajo la luz tenue fue un espectáculo visual: sus senos firmes, coronados por pezones duros.

En medio del encuentro, ella sacó un vibrador de contacto, diseñado para no dar tregua.

Al combinar la penetración con la vibración constante sobre su clítoris, el clímax fue explosivo: una descarga eléctrica que nos dejó exhaustos, bañados en sudor y con la certeza de que algunas materias de la secundaria solo se aprenden a aprobar muchos años después.

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