La legitimidad del proceso electoral y la necesidad de priorizar el futuro de la educación superior
El pasado 1 de julio, la comunidad universitaria habló con absoluta claridad en las urnas. Con una sólida mayoría del 55.67 % de la ponderación de los votos, el Dr. José Emilio Moreno Ramos fue electo como rector de la Universidad de Panamá para el período 2026-2031. Un resultado contundente que ratifica el respaldo democrático a su propuesta y marca el inicio de una nueva etapa institucional.
Sin embargo, tras el cierre de las mesas y el conteo de las actas, persiste un reducido grupo de actores que parece incapaz de procesar el mandato de las mayorías. Convertidos en auténticos “instrumentos útiles de ocasión al servicio del neoliberalismo”, este minúsculo grupo ha optado por prolongar una estéril campaña de desacreditación contra una gestión que, paradójicamente, aún no ha comenzado formalmente.
Lo verdaderamente alarmante de esta postura no es el ataque personal contra la figura del rector electo, sino la irresponsabilidad con la que se vulnera la reputación de la principal casa de estudios superiores del país. Al amplificar argumentos que atentan contra la legitimidad y el prestigio de la educación superior pública, estos sectores olvidan —o prefieren ignorar— que el verdadero perjuicio no lo sufre un nombre propio, sino la propia Universidad de Panamá y miles de estudiantes que en ella se forman.
La doble moral resulta evidente cuando se examina la trayectoria de quienes hoy abanderan este descontento. Muchos de los que hoy señalan y cuestionan estuvieron estrechamente vinculados a administraciones pasadas dentro de la misma institución, épocas en las que mantuvieron un silencio complaciente y jamás cuestionaron una sola decisión directiva. La crítica de hoy no nace de un afán de transparencia, sino del despecho de haber perdido cuotas de poder.
La Universidad de Panamá necesita mirar hacia adelante. Los debates electorales quedaron atrás el 1 de julio; lo que corresponde ahora es sumar esfuerzos en favor de la educación pública, la investigación y la excelencia académica. Quienes prefieren atrincherarse en el resentimiento terminan haciéndole el juego a los enemigos históricos de la universidad pública. Es momento de madurez institucional y de entender que la casa de Méndez Pereira está muy por encima de las pequeñeces políticas de unos pocos.
