InicioEntretenimiento“Una amiga, unas fresas y un reencuentro con sabor a tentación”

“Una amiga, unas fresas y un reencuentro con sabor a tentación”

Lo que comenzó como una conversación entre dos viejos amigos pronto tomó un giro inesperado, dejando atrás la rutina y dando paso a una tentación que prometía tener un sabor muy particular.

En el relato de esta semana les contaré cómo mi rutina se ha convertido en algo monótono.

Mi día no empieza cuando suena la alarma, sino cuando abro los ojos en la oscuridad de la madrugada. Cumplo con una jornada de ocho horas de lunes a viernes, pero la verdad es que trabajo los siete días de la semana, madrugando para sacar adelante un empleo extra que apenas me deja respirar.

Y cuando por fin llego a casa, debo seguir trabajando. Este ritmo ha tenido consecuencias negativas. Vivo estresado.

Se me nota el cansancio a leguas.

En un restaurante me encontré de casualidad con Liliana, una amiga de secundaria. Al verme, me dijo:

—¿Estás enfermo o algo así?

Intercambiamos números de teléfono y, por chat, le conté que estaba agotado.

Al día siguiente, Liliana me escribió diciéndome que si quería recordar nuestras travesuras de juventud. Hace algunos años teníamos una amistad muy cercana, marcada por un tipo de juego erótico.

Le dije que aceptaba y ella me citó en su departamento.

Les daré el contexto de nuestros juegos.

En una ocasión, fui a su casa para hacer una tarea. Al terminar, quisimos ver una película en el DVD de su hermano. Para nuestra sorpresa, al encenderlo apareció una película para adultos.

En lugar de detener el video, ella se quedó observando la escena y comentó que no sabía practicar sexo oral. Algo nervioso, me reí sin saber qué decir.

La situación hizo que surgiera una tensión sexual entre nosotros y, desde aquel día, de vez en cuando retomábamos nuestros juegos.

Retomando el tema de la invitación, al llegar a su casa me enseñó un frasco de lubricante con sabor a fresa.

—Quiero probarlo contigo, a ver qué tan bueno es —me dijo.

Me quedé mirándola por unos segundos, sorprendido por la naturalidad con la que había hecho aquella propuesta. De repente, el cansancio de los últimos días parecía haber quedado en un segundo plano.

Sonreí y recordé que, aunque habían pasado varios años, entre Liliana y yo todavía existía aquella complicidad que creíamos olvidada.

—Parece que algunas cosas nunca cambian —le respondí.

Ella sonrió y se acercó un poco más.

Después de tantos años, algunas historias pueden quedar en pausa, pero nunca terminar del todo.

Y mientras dejaba atrás por unas horas el estrés, el trabajo y la rutina, comprendí que quizá necesitaba precisamente eso: escapar de la monotonía y permitirme vivir nuevamente algo que creía olvidado.

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